Enigmas pintados
La Vanguardia
JOSEP MASSOT - 03:46 horas - 07/04/2003
En la pintura de Gino Rubert de Ventós hay primero una belleza formal que seduce la mirada y después un enigma que la enturbia, escenas de un misterio cuya clave proviene del lenguaje de los símbolos, un teatro de imágenes que ilustran la parte inasible de los mundos interiores, aquella parte maldita donde las palabras –la frase narrativa, unívoca– fracasan. En su frío taller del Raval pinta cuadros cálidos. Ahora ensaya, entre otros, con el formato oval, que le permite probar nuevos juegos técnicos y activar otras simbologías: ojo, espejo o claustro, y aunque su iconografía participa de elementos familiares al surrealismo o al realismo mágico, él lo convierte en otra cosa, en un registro formal propio, sin dogmas de escuelas ni movimientos. “Me atrae la pintura de Balthus, pero no su forma de pintar. Me siento más próximo a Picasso, Hockney, Rivera, Frida Kahlo o incluso a Casas y su representación directa de la realidad”, dice.
Su itinerario biográfico está a caballo de América y de Europa. Digamos que comienza en México, de donde es su madre. Quiso que naciera allí, en agosto de 1969, para volver en seguida a Barcelona. Pero los veranos de México fueron decisivos para su vocación artística, porque desde muy pequeño encontró la complicidad radical con un tío suyo, Mario Catalá, pintor de vida libertaria, que le llevaba a su estudio y a sus fiestas hippies. Después fue el año que pasó en Estados Unidos, donde su padre, Xavier Rubert de Ventós, dio un curso en Harvard. Al regresar a Barcelona, las largas ausencias de su padre, entonces parlamentario en Madrid y ya separado de su madre, le dieron la oportunidad de vivir al máximo un gozoso espacio de libertad, con el pleno dominio de su casa de Sarrià. Él iba a la Escuela Norteamericana para no perder el inglés aprendido en Estados Unidos y alimentaba la pasión por el arte en academias de dibujo y escultura. Así que, hijo de intelectuales –su madre es psicóloga, atenta al mundo místico y esotérico–, no tuvo impedimentos familiares para seguir su vocación artística. No eligió Bellas Artes por el escepticismo que a su padre le producían los arbitrarios mecanismos del mundo del arte, tan sujetos al mandarinato de grupos y donde es excepción la norma de otras profesiones: el que vale, acaba siendo reconocido. Eligió, pues, no el arte, sino la ilustración, en la Parson School de Nueva York. “Hasta que vi– dice– que aquello no iba conmigo.” Nueva York fue la ciudad de su educación sentimental, con el grupo catalán –Perico Pastor, Xano Armenter, Uslé... o Nam Golding, en cuyo taller vivió una temporada. Pero eso fue cuando ya había acabado sus estudios y una nueva visita a México, a su anárquico tío que pintaba dráculas y monstruos y combinaba ácido y marihuana, y a un amigo de la familia, Vicente Gandía, pintor magicista, que le animó a pasarse a la pintura, trabajando en su estudio. Gino Rubert –trabajaba de mensajero, de ayudante de un diseñador de almohadas– empezó a encontrar cierto aval exterior, como el premio de la sala Parés de 1993, con una obra hiperrealista.
Empezó a intuir –lo sabría en seguida– hacia dónde le llevaba su pintura en Roma, su tercera etapa de formación. Una beca en la Academia Española le dio un nuevo espacio de libertad, pero sobre todo le puso en contacto con artistas de su edad, preocupados por sus mismas vacilaciones y búsquedas estéticas ante el arte contemporáneo.
Gino Rubert comienza su obra a partir del dibujo de esbozos que después traslada a la tela y allí encuentra su forma definitiva, procurando huir del sentido demasiado explícito, borrando pistas, como Vermeer, o de la literatura. En sus collage utiliza fotografías de actores de los años cuarenta, compradas en el vasto y caótico mercado de La Lagunilla (México). “No quiero explicar historias –dice– ni oníricas ni mágicas, quiero mostrar imágenes, con naturalidad, imágenes cotidianas. ” Y la belleza ante todo, una belleza que desprenda misterio y ambigüedad, en la que la luz sea un elemento esencial en la creación de espacios. En muchos de sus cuadros hay una relación inquietante de pareja, hay erotismo y tiranía, humor y un infantilismo que nada tiene que ver con la inocencia o su nostalgia. “Hay algo de biográfico, pero sólo como un escritor utiliza sus experiencias vividas”, comenta. El arte trasciende la biografía y al mismo tiempo la explica. “En estas pinturas represento, más que la pareja, lo masculino y lo femenino, una confrontación de energías que operan en mi interior, dos fuerzas de la naturaleza, un lado masculino y al mismo tiempo, la intuición, la sensualidad y fragilidad de la cara femenina, un duelo que no ha sido bien interpretado por las feministas".
Documentos adjuntos
EL PERFIL
LA VANGUARDIA - 03.46 horas - 07/04/2003
Gino Rubert, que expone ahora sus pinturas en la Feria de Arte de Bruselas de la mano de su galería barcelonesa, Senda, trabaja también con vídeos y fotografía. De su grupo de amigos artistas, es el único que ha apostado por la pintura figurativa. Él no es reduccionista y aprecia todas las formas y tecnologías aplicadas al arte. No se queja, pero observa una cierta dificultad de ver expuesta o reconocida su obra en las instituciones dominadas por comisarios o expertos que consideran ese tipo de pintura como un arte anacrónico. “Como pintor –dice Gino Rubert–, disfruto mucho del complejo proceso que representa para mí producir imágenes sencillas, abiertas a lecturas distintas. Que mi trabajo, en cualquiera de las disciplinas que habitualmente utilizo (pintura, vídeo, foto), resultara obvio o predecible me molestaría tanto como que para ‘entenderlo’ necesitáramos algún manual de instrucciones indescifrable. Mas allá de opiniones como la de quienes han enterrado la pintura o las de un alumno mío de la escuela Eina, quien me aseguraba que las nuevas tecnologías en el arte son puros juegos de artificio, yo opino que el valor de una manifestación artística bien poco tiene que ver con la disciplina o medios que utiliza”
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