EL Periodico 7/04/06
Barcelona momifica el patrimonio arquitectónico del Poblenou y ahuyenta a artesanos y artistas
ÓSCAR Guayabero
Diseñador y vicepresidente del FAD
Miembro de Nau21
Can Ricart se ha salvado. Éste es el resumen de la propuesta del Ayuntamiento de Barcelona. El 67% del recinto fabril del Poblenou se conservará y, afortunadamente, el incendio que se dasató tras la presentación del plan municipal no parece haber causado daños irreparables. La capacidad de aunar voluntades en colectivos tan diversos como vecinos, historiadores, industriales y artistas ha dado resultado. Sin ellos, el pasado verano el recinto habría sucumbido a las excavadoras. Debe haber sido duro negociar con el propietario. Sus intereses económicos, legitimados por el plan 22@, deben haber llevado de cabeza tanto a técnicos como a políticos. Ésta es la impresión al leer la prensa. Entonces ¿por que la Plataforma Salvem Can Ricart ha rechazado el proyecto?
El concepto de valor histórico más extendido entre cargos públicos, técnicos e incluso entre algunos historiadores, se ha basado en una idea museística del pasado. Todo aquello que se puede catalogar, datar y coleccionar es la base de la mayoría de operaciones de conservación. El resultado es una tendencia a la momificación. ¿Merece la pena conservar fábricas vacías de trabajadores, talleres huérfanos de artesanos, estudios desnudos de artistas? El verdadero valor patrimonial viene determinado por la relación indisoluble entre el espacio y los usos sociales que lo caracterizan.
No hemos de caer en el romanticismo, ni el arquitectónico, ni el social. Sin embargo, un estudio cualitativo de los lugares de trabajo desaparecidos por la operación Diagonal, Fòrum y 22@ nos dirá que la ciudad ha perdido artesanos y talleres con técnicas propias. El tiempo mutó fábricas en viveros, donde creatividad y producción convivían. Can Ricart acogía en un mismo lugar a videocreadores y una cerería artesana, a artistas de taller, a carpinteros y metalistas. La trama microurbana creaba espacios y rincones para unos y otros.
LA ADECUACIÓN de los usos es lo que da sentido a su existencia, pero debe hacerse desde la historia en minúscula. Las sinergias, un sistema de moldes semimanual que nadie más usa, etcétera. Ningún catálogo patrimonial será capaz de dar valor a estos hechos, que son los que pueden justificar su conservación activa. Los talleres se pueden reubicar y los trabajadores, prejubilar o recolocar. Pero se pierde un intangible, el conjunto. Y eso lo pierde la ciudad. Para conservar Can Ricart no basta con rescatar las naves. Se necesita crear relaciones entre lo que necesita el barrio, sean guarderías o geriátricos, lo que necesitan los industriales y lo que necesita la ciudad. Hay el peligro de tematizar Poblenou creando rehabilitaciones vacías. Serían, tal como afirma Juan José Lahuerta en Destrucción de Barcelona (editorial Mudito & Co), "como caparazones después de que haya sido sorbida su carne, aspirado lo blando y jugoso, suculento, sustancioso, que tenían dentro".
Por otro lado, se ponen cada vez más dificultades a los creadores. En el Poblenou se han perdido 23 centros de producción artística y cuatro más están en peligro; sólo dos quedarán en activo. Se pueden encontrar motivos: ruidos, olores, convivencia complicada, alquileres sin actualizar, falta de condiciones de seguridad, etcétera. La casuística concreta puede acabar justificando un verdadero éxodo de masa gris. Los creadores encontrarán otra ciudad u otra actividad porque, afortunadamente para ellos, se llevan el capital consigo. La que pierde es Barcelona. La capacidad creativa es uno de los activos más prometedores en la economía actual. Hoy la balanza marca un claro déficit en cuanto a espacios para creadores y pequeños talleres.
La ciudad está deslumbrada por el poder dinamizador de los centros culturales. Surgen museos y fundaciones culturales, con importantes presupuestos, que exhiben, estudian y difunden cultura, sea diseño, arte precolombino, ciencia o gastronomía. Estas plataformas de visualización cultural parecen generar unos beneficios que las hacen deseables: turismo de calidad, inversiones financieras, rehabilitación de las zonas cercanas...
LA BONDAD del planteamiento contrasta con la perversidad de los resultados. Estamos edificando centros culturales sobre los escombros de lugares de producción cultural. El famoso Eixample ya no es económicamente accesible para que nuestros diseñadores exporten su talento. Las franquicias ocupan su lugar. En Can Ricart, la Casa de las Lenguas se hará sobre los restos de Can Font, donde habían trabajado hasta 25 artistas y artesanos. Perdemos centros de cultura y ganamos centros culturales. Podemos llegar a no tener nada que exhibir si seguimos echando a creadores, artistas y poetas.
Aún no se ha salvado Can Ricart. Hoy parece más un animal disecado, con apariencia pero sin vida. Podrá ser catalogado, pero estará por siempre inmóvil. Aún estamos a tiempo de evitarlo entre todos, y creo que Barcelona lo necesita.
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lo vamos a conseguir.